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James Rhodes es el autor de Instrumental, Memorias de música, medicina y locura. De Internet sacamos el siguiente resumen:

La música fue su salvación. James Rhodes fue víctima de abusos durante su infancia y su vida ha estado marcada por esa tragedia. Escuchar a Rajmáninov en bucle durante su adolescencia y descubrir el Adagio de Bach en un ala psiquiátrica le ayudó a combatir sus demonios y a transformar su vida. James Rhodes es uno de los más eminentes concertistas de piano de la actualidad y un gran renovador de la música clásica. Ha protagonizado documentales para la BBC y Channel 4, escribe en The Guardian y ofrece recitales en todo el mundo. «Instrumental» son sus memorias, que vieron la luz en Reino Unido después de que el Tribunal Supremo levantara el veto que pesaba sobre la obra. Todo un tributo apasionado al poder terapéutico de la música y que aborda cuestiones fascinantes sobre cómo funciona la música clásica y sobre cómo y por qué puede cambiar nuestras vidas.

El siguiente fragmento lo citamos aquí textualmente, porque resuena totalmente con las metas de nuestra Asociación:

“… En muchos de los libros que he leído y en los grupos de apoyo en los que he estado se habla del perdón; sugieren que se escriban cartas a quienes nos han hecho daño, especialmente si ya no están vivos, y que en ellas expliquemos cuál ha sido el impacto de sus acciones en nosotros y en nuestros seres queridos. Y, en muchos sentidos, eso es precisamente este libro. Es la carta que te he escrito, Peter Lee, que te estás pudriendo en tu asquerosa tumba, para contarte que no has ganado. Nuestro secreto ya no es un secreto, un vínculo que compartimos, un lazo contigo, privado e íntimo, de ningún tipo. Nada de lo que me hiciste fue inofensivo, divertido o cariñoso, a pesar de lo que decías. No fue más que una aberrante y penetrante violación de la inocencia y la confianza.

Espero de veras que las personas como el señor Lee, quienes de forma activa desarrollan y llevan a la práctica el deseo sexual que les inspiran los niños, vean, vean realmente, el daño que eso causa. Que presentarlo o justificarlo como algo mutuo y aceptable, una expresión de amor, no podría estar más lejos de la verdad.

El perdón es un concepto maravilloso. Algo a lo que aspiro pese a que a veces no me parezca más que una fantasía, aunque deseable, imposible. En mi vida se han producido demasiados episodios de abusos, de los cuales me he comprometido a contar las partes que puedo aguantar sin derrumbarme del todo. Y eso me basta. Tiene que bastarme. Hay personas de mi pasado que saben más cosas y que tendrían que haberse dado cuenta, y que tendrán que reconciliarse con eso, tal como estoy intentando yo. Quizá algún día perdone al señor Lee. Hay muchas más probabilidades de que eso suceda si encuentro el modo de perdonarme yo. Pero la verdad, en mi caso al menos, es que el abuso sexual de niños casi nunca termina en perdón, si es que llega a hacerlo alguna vez. Solo lleva a la culpabilización, a una rabia y una vergüenza viscerales y autoinfligidas.

El abuso sexual de niños.

Hay personas que leen esa expresión y se horrorizan, otros se enfadan, otros se ponen cachondos. Es interesante observar que, solo por escribir estas palabras, me entran ganas de desaparecer un rato y hacer algo destructivo, que me distraiga, cualquier cosa con tal de evitar estos sentimientos. Treinta años después sigo en el mismo sitio, inmovilizado contra el suelo, dolorido y con la impresión de que todo ha sido culpa mía. Solo por escribir unas pocas palabras al respecto. El poder inherente de esta mierda para joderte con una mera sonrisita burlona es aterrador.

[…]

Pero sacar a la luz temas como éste es tremendamente importante. Recibir cientos mensajes de apoyo y agradecimiento de personas que habían vivido experiencias similares me hizo comprender que hay que hablar de esto aún más.”

Traducción del inglés de Ismael Attrache, Editorial Blackie Books, S.L.U. Copiado con permiso de la editorial.

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