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Perdón

Se habla mucho del perdón como manera de liberarse de un trauma sufrido. “Sólo con el perdón me liberé de todo” dice Daniel Pittet en su libro Le perdono, padre.

 

¿Cuál es el significado de la palabra perdonar, originalmente del latín per-donare? Dar, traspasar al otro. En el caso de perdonar un trauma al agresor: devolvérselo, de manera que tú ya no lo lleves dentro. Un concepto muy bonito. El perdón puede ser el resultado de un camino muy largo y laborioso de trabajar el trauma y enfrentarte con todas las emociones originales, como el miedo, la ira y el dolor.

 

Sin embargo, me da la sensación de que la palabra perdón muchas veces se utiliza gratuitamente. “¿No puedes simplemente perdonar a tu padre?” me preguntó alguien después de haberle contado sobre mi trauma… Hay un peligro en poner demasiado el énfasis en el perdón: parece que te culpabilicen de sentir ira hacia tu agresor. Lo que no te estaba permitido expresar cuando eras niño/niña, se te prohíbe otra vez. Para mí el perdón no es la meta final del camino. Mi meta final es más bien la integración completa de todas mis partes heridas, que se encuentran estancadas en mí, que todavía no creen que los abusos ya terminaron hace mucho tiempo y por eso todavía me causan emociones como la angustia en los momentos más inesperados, después de tantísimos años, o que hacen enfadarme por cosas sin importancia. Para conseguir dicha integración, necesito quitarme por completo la amnesia de lo ocurrido, lo cual es un proceso difícil, que no se puede llevar a cabo sin la ayuda de un(a) profesional.

 

El hablar del perdón antes de hora puede ser un eufemismo que oculta la incapacidad de uno para enfrentarse a la vehemencia de la ira, bien escondida dentro de la mente. En otras palabras: es una disociación más, la negación de una emoción justificada. Lo digo porque a mí me pasó. “Ya he perdonado a mi padre, porque el pobre también tuvo una infancia rota”. Años más tarde descubrí mi ira, que hasta entonces había estado tapada bajo muchas capas de auto-protección. Es necesario sentir dicha ira y luego exteriorizarla para poder liberarse de ella. Si luego viene, por divina gracia, el perdón, tanto mejor. Espero de todo corazón que sea eso lo que le ha pasado a Daniel Pittet, el autor del libro que comenté en la Entrada anterior. Pero por Dios, no nos auto-engañemos, porque nos perjudicamos a nosotros mismos…

 

(Al que quiera saber más de lo que digo sobre las partes heridas, disociación e integración, le aconsejo que lea también: El yo atormentado de Onno van der Hart y otros)

 

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